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La
vida del monje trapense consiste en consagrarse íntegramente
a Dios por medio de una búsqueda constante de su voluntad y
de su rostro, reflejado en el de Cristo. Es el amor de Jesús
que empuja y guía al monje en dicha búsqueda. La
consagración de la voluntad, de la inteligencia y del
corazón se concreta en cada momento, pero de manera especial
en un solemne compromiso público: la profesión monástica
hecha seis o siete años después de entrar como postulante.
La voluntad de Dios se
expresa a los hermanos a través del Evangelio, de la Regla de San
Benito, de la vida cotidiana de la comunidad y de un abad elegido según
las normas de la Orden trapense para representar especialmente a Cristo.
Además de la obediencia, prometen permanecer estables en su propia
comunidad en el
servicio
fraterno y en la
oración. |
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