Con el tiempo descubrieron que se necesita cierta forma de vida social e institucional para dar estabilidad y para proteger la vida de oración. De esta forma se afianzó la vida común o cenobítica, en la cual la misma comunidad está alejada de cualquier ciudad. Esta combinación de soledad y comunidad concilió el silencio de la vida apartada con las exigencias espirituales del amor fraterno. El resultado es que un monasterio encarna la vida de la Iglesia entera. Es un órgano del Cuerpo místico de Cristo y lo que pasa dentro del monasterio, dentro de cada hermano, repercute en todo el Cuerpo. Es en este sentido que el Concilio Vaticano II habla de la "misteriosa fecundidad apostólica" ejercida por las comunidades que centran toda su vida en la oración, en unión con la oración de Cristo. De allí proviene la importancia, en la vida de la comunidad, de la oración litúrgica, donde oración y comunidad se encuentran íntimamente entremezcladas.
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